Correr con música en la cabeza

De hijo único a padre de mellizos. De los excesos del heavy metal a la vida de un corredor que piensa en el fondo que tiene que hacer al otro día. Con Luis Rodríguez (Lucho) festejamos el aniversario del último Cruce Columbia. A través de su relato, en un año sin carreras y con la mirada puesta en las que están por venir, recordamos la experiencia vivida en diciembre de 2019.

En la rambla de Montevideo

Lucho, hijo único, es padre de dos adolescentes, Julia y de Mauricio. Es músico (bajista de Vallvuler, banda de heavy metal) y corredor. A la música llegó de grande y al deporte también. «Mi hijo empezó a jugar al fútbol en AEBU, yo tenía 46 años y sabía que tenía que hacer algo, tenía una vida muy sedentaria y me sentía gordo. Pensaba en salir a correr, pero el deporte solo me interesaba como aficionado. El Chino era el técnico y un día se dio una conversación, no la recuerdo bien, pero la cuestión es que me dijo del grupo de corredores y me invitó». Y Lucho fue, aunque sin mucho convencimiento. Dice que sintió que era un desastre, que era el peor de todos; ese día, el corazón le quemaba y le dolía el costado.

«Yo quería moverme, entonces seguí —agrega—. Cuando hablaban de carreras yo les decía que sí y pensaba que estaban todos locos. El Chino me hacía la cabeza, manejaba muy bien las cosas. Yo le decía: «me voy a cansar de ir de la parada del ómnibus al cantero y él me respondía, primero vení y después vemos». De a poco me fui dando cuenta de que tenía razón. Qué logro los primeros 2 y 3 kilómetros».

El cambio de hábitos de alimentación y de descanso llegó también. Los excesos de la noche heavy fueron mutando y Lucho reconfiguró prioridades. Sin proponérselo, bajó 12 kilos. «Correr me hace sentir libre, pero no siempre fue así —explica con paciencia—. Todo cambió cuando lo entendí. Me acuerdo que hubo un momento de quiebre. Yo corría cabeza abajo, apretado y sufriendo; tengo grabado el momento en el que levanté la cabeza y comencé a correr sin sufrir. Vi cosas, vi el mar, vi la rambla. Fue un despertar».

A los cuatro meses de haber comenzado en KMxKM, Lucho corrió los primeros 10 k. Tenía miedo porque no se creía capaz. Las carreras ya no eran algo de otros y después de esos 10 kilómetros llegó el medio maratón e, inevitablemente, los 42 k lo tentaron. Lucho debutó en la «distancia reina» en Mendoza en mayo de 2018. «Esa preparación fue tan emocionante, fue increíble. Me metí tan de la cabeza que vivía obsesionado; me pasé Navidad y Fin de Año entrenando. Tuve una muy buena preparación y la corrí de una forma increíble. Dejé todo esa vez. Todo».

En el sur de la Argentina

Lucho detesta los aviones; el movimiento, el encierro y el ruido le producen taquicardia, así que al Cruce Columbia de 2019 decidió ir en ómnibus. No le importó que el viaje fuera largo, se lo tomó con calma y viajó para concretar un sueño. «El bondi empezó a subir y me di cuenta dónde estaba. Empecé a ver las montañas, los picos nevados. Eso es lo que yo iba a buscar, yo iba a conocer la nieve». El Cruce tiene todo y no defrauda. Con un escenario esplendoroso y una organización que fluye, el grupo fue fusionado. Los corredores de KMxKM iban con el propósito de disfrutar, luego de muchos meses de entrenamiento. Así salió Lucho, preparado para afrontar cada etapa, muy concentrado en su objetivo. «Me cansé. Y al otro día igual. También el tercero. Sentí cansancio, mucho cansancio, pero no agobio. En ningún momento pensé que no lo podía hacer».
Dice que corrió y que caminó solo durante mucho tiempo. Solo y consigo mismo. Aunque es músico, no lleva auriculares. «Me canto discos enteros —explica—. Me gusta el heavy metal, pero cuando corro me canto Pink Floyd». Esa es la banda de sonido que está en su cabeza mientras un pie se adelanta al otro. Cuenta que, además, no paraba de mirar para todos lados porque «cada lugar era más increíble que el anterior». El segundo día optó por no sacar más fotos, prefirió llevarse todo adentro. También dejó de preocuparse por el reloj. «Yo sabía lo que tenía que hacer, sabía cuándo tenía que comer y cuánto líquido tomar. Tenía un mundo increíble para disfrutar y así lo hice. Dejé de mirar los kilómetros y la pasé bárbaro».

Al llegar a la meta final, con las piernas a punto del calambre por los últimos kilómetros de bajada, pasó el primer arco, subió la rampa de metal y otra arco. «No sabía dónde terminaba. Seguía corriendo. Me paró un voluntario, me sacaron el chip y me dieron la medalla. Me abracé a una piba y me puse a llorar. Le pregunté si había terminado. No podía creerlo». Y Lucho vuelve a recordar los lagos, la nieve, las piedras, los campamentos y la gente de la organización siempre tan solícita. «Quedé extasiado con los lugares que recorrimos. El paisaje, el silencio, los colores, el olor del aire. Te sentís parte de la naturaleza. Volvería al Cruce… al sur volvería siempre».

Aquí y allá, correr detrás de los sueños

En el chat de KMxKM, en más de una oportunidad, Lucho ha sido «Lucheitor», el luchador. Le pregunto si se identifica con ese juego de palabras. Se ruboriza un poco, juega con su pelo largo, se lo acomoda —algo que hace siempre, en especial antes de correr— y responde con algo de timidez: «¿Yo soy todo eso? Sueño con algo y lo busco, como todos, soy uno más. Cuando el Chino comenzó con la natación yo dije quiero aprender, era la oportunidad. Y allá fui a las clases de verano porque tengo la inquietud. Es eso: tengo la inquietud».

Escrito por Gabriela Cabrera Castromán, a quien agradecemos profundamente por regalarnos en estas hermosas palabras un fragmento de la historia de este gran compañero kilométrico, Luis «lucheitor» Rodríguez. 

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